(Un modelo para el análisis de una situación de descontento social)
Los grupos humanos y en particular las sociedades modernas, son agrupaciones de individuos de diferentes características y de muy diversos intereses. A esto se añade las diferencias de inteligencia, educación, capacidad de adaptación, tolerancia a la frustración y diferentes expectativas sobre su futuro.
La organización social de alguna forma trata de hacer funcionar esta diversidad de elementos, creando instancias de participación y otorgando servicios que hacen atractiva la pertenencia de los individuos al grupo, a pesar de las eventuales discrepancias, limitaciones y presiones que sobre ellos se ejerce.
Inicialmente el grupo sólo era una protección para la defensa frente a los depredadores y otros grupos humanos, pero las sociedades complejas modernas otorgan muy diversas prestaciones como servicios de educación, salud, entretención y muchos otros.
Un elemento relevante en el funcionamiento de la sociedad es la organización política que permite el ejercicio del poder. La organización política sustenta al estado y permite tomar decisiones “a nombre del grupo” o al servicio de las mayorías, pese a que evidentemente pueden existir enormes discrepancias en lo que se refiere a los efectos de la operación de las instancias del poder en los distintos individuos o grupos.
La democracia posibilita que cada cierto tiempo sean los mismos ciudadanos los que elijan quienes serán depositarios del poder y su forma de ejercerlo. El sistema político, entonces, valida así el ejercicio del poder y la aplicación de normas de convivencia que los ciudadanos aceptan a cambio de los servicios que les prestan.
Con el tiempo el sistema se hace cada vez más complejo y la sociedad va desarrollando y acumulando injusticias, desigualdades, exclusiones y por lo tanto frustraciones. Esto genera una permanente situación de precariedad, un equilibrio inestable en el cual pueden nacer grupos significativos organizados decididos a cambiar las bases de la convivencia - en particular el ejercicio del poder - incluso sin recurrir a los mecanismos establecidos para ello.
Si el grupo que ejerce el poder político y policial no logra captar oportunamente la existencia de estas disconformidades crecientes, arriesga la estabilidad social. Lo anterior es más grave si los grupos disconformes son relativamente minoritarios, pero numerosos, ya que el sistema político tiende a ignorarlos. Pero ocurre que cualquier manifestación de uno de ellos es aprovechada por los demás disconformes, potenciando un intento destructivo y confuso ya que no logran canalizar sus intereses justamente por ser estos de naturaleza dispersa. El resultado es que una manifestación minoritaria se vuelve rápidamente mayoritaria. El caso actual del movimiento estudiantil chileno y probablemente los “indignados en Europa”, son ejemplos de ello. (1)
Nota (1)
Entre los grupos minoritarios que actúan, aparecen algunos cuya organización les permite sacar una ventaja política de la situación de desorden y por consiguiente, les favorece la permanencia del conflicto y aprovechar así las banderas de otros y la debilidad del gobierno.
El estado tiende entonces a optar por dos extremos: la represión manteniendo la situación a toda costa, justificado en su carácter de legítimo y “electo” frente a los que serían grupos minoritarios, o bien ceder a las presiones cambiando su discurso proponiendo medidas paliativas insatisfactorias. Esto porque ese estado, pese a su nuevo discurso, es el mismo que como grupo de poder dominante, no entendió ni antes ni después que existía un potencial de disconformidad que debió abordar oportunamente mediante alguna solución sistémica y real. Carece entonces de credibilidad.
Es obvio que estas tensiones existen permanentemente en las sociedades, por consiguiente los problemas nunca se solucionan totalmente. Pero “el arte de gobernar” es entender los requerimientos de la población y desarrollar políticas que vayan satisfaciendo exigencias y no acumulando descontentos. Se trata de una labor en la cual el estado debe ejercer el liderazgo pues si no lo hace la explosión social se canalizará contra él de una u otra forma.
Cuando se produce un estallido social se culpa a los grupos convocantes. Y obviamente estos grupos tienen responsabilidad si las manifestaciones dan cabida a la violencia y el vandalismo, pero la primera y verdadera responsabilidad estuvo antes, en el sistema político, en el gobierno, que encerrado en su mundo y su modelo de sociedad descuidó el concepto básico del equilibro social y que no entendió oportunamente la situación de descontento ni fue capaz de mantener la tensión social dentro de límites aceptables. (2)
Nota (2)
En el caso chileno, los grupos que se sienten explotados y al margen el progreso, no pueden entender que el estado se niegue a darles educación gratis y otras ventajas, si durante años han estado escuchando la propaganda de una economía excepcional y de las abundantes arcas del fisco.
Tampoco pueden aceptar los altos intereses de los préstamos para financiar sus estudios mientras las utilidades de los bancos aumentan a niveles impresentables.
La gravedad de estos estallidos sociales es mayor cuando en el sistema político no aparece un liderazgo alternativo o complementario, que encauce las diversas “disconformidades de la población” y modele soluciones viables. Lo anterior tiende a extender y radicalizar peligrosamente los conflictos.(3)
Nota (3)
La violencia es el convidado de piedra del descontento social. En principio nadie la apoya, pero se trata de un participante de tres cabezas. Por una parte obliga a que la protesta sea escuchada por las autoridades y divulgada por los medios de prensa, por otro sirve de justificación al gobierno en el uso de elementos de represión y, por ultimo, provoca la molestia y el rechazo de los ciudadanos normales y pacíficos que son siempre la mayoría y que pueden optar por apoyar a la autoridad y su represión o bien convertirse en un nuevo elemento de desprestigio del gobierno.
En el caso del movimiento estudiantil chileno, no aparece aun un líder o un grupo que ordene y racionalice las exigencias. El congreso y los partidos políticos parecen ausentes o sorprendidos con lo que está sucediendo, lo que dificulta evidentemente llegar a alguna solución mínimamente coherente y con posibilidades de consenso. Esta debilidad puede ser el resultado de campañas de desprestigio de la clase política o una demostración de su inoperancia.
La suma de la crisis del poder político, la desconfianza en la clase política y su inoperancia son signos de una incipiente ingobernabilidad.
Y para agregar algo más a la situación: lo anterior más la prolongación de los conflictos y la reiteración de situaciones de desorden, saqueos y vandalismo son un atractivo para líderes aventureros los cuales aparecen como restauradores del orden y la democracia. Se arriesga en este caso, entrar en una tragedia conocida, que lamentablemente la historia repite cada cierto tiempo.
A. Klein Z. / Agosto 2011